Porque Matt Hagen (Tom Rhys Harries) tiene todo como para que su rostro muestre siempre una sonrisa, pero, y sin un pero no habría película, mientras filma con éxito en Ciudad Costera (o sea, Hollywood), el público lo adora y acaba de ser nominado a un premio de la Academia, le sucede una desgracia.
De regreso a Gotham City, una noche la novia de Markos Szabo, el mafioso más poderoso de la ciudad (David Dencik) lo seduce y se lo lleva a su cama. El despertar no será agradable cuando descubra que Szabo y sus secuaces están allí, en el dormitorio, y como represalia le desfigura el rostro.
La película nos va a contar entonces el origen de cara de barro o arcilla, porque Matt, tras perder absolutamente todo -su representante, su contador (Eddie Marsen), tal vez hasta su mejor amigo lo haya traicionado- recurre a Caitlyn Corr (Naomi Ackie), quien está realizando experimentos con nanocélulas regenerativas, controladas por la IA. Matt soporta que le inyecten las células y de un día para el otro, su cara vuelve a ser la de antes. Tan inexplicable como su reconstrucción facial, primero un ojo, luego una mejilla, después la mandíbula empiezan a deformarse. Y su cuerpo pasa a ser como una materia maleable, al extremo que, vaya uno a saber por qué, si desea convertirse en otra persona, lo puede hacer.