Opiniones
Qué fácil es ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio o en el del más próximo a uno, parafraseando un antiguo dicho tan ajustado a los tiempos que vivimos. Es que la impostada diatriba hacia los funcionarios corruptos, es muy común escucharla en boca de los que corrompen o de muchos del común que -en la escala en que se encuentran- hacen de la evasión o de la búsqueda de favores pagos una práctica habitual. Al igual que las quejas por el gasto social del Estado, en lo que no se es beneficiario directo.
Cuando esas posturas apuntan a los más desposeídos, cuando cínicamente se los estigmatiza en “cruzadas” de pretendidos bienpensantes de clases acomodadas, sin registrar el nivel extremo de necesidad y siempre cortando el hilo por lo más fino, es indispensable llamar las cosas por su nombre e ilustrar con nombres propios para no hacerles el juego en la confusión que pretenden generar.
En los albores del siglo XX el conservadurismo como el liberalismo que era su fuente prodigaban un individualismo a ultranza, adueñados de un Estado a su servicio protector de la tradición -diseñada por las elites-, de la familia -oligárquica- y de la propiedad privada -concentrada en pocas manos-; definían un país para pocos, que dejaba en sus confines al resto de los habitantes y a las clases populares incluso por fuera de sus márgenes.
Un contexto en el cual no se concebían sujetos sociales, en tanto entidades asociativas colectivas con proyectos e ideales comunes -salvo las que determinaban aquella estratificación inexorable- y que pudieran convertirse en actores sociales con capacidad de incidir en su propio destino o en el de la sociedad en su conjunto.
El gremialismo incipiente con frecuencia sin constituirse efectivamente en sindicatos intentaba abrirse paso en ese pequeño escenario montado en la Argentina, aunque mal podía erigirse en esa condición cuando el asociativismo obrero era criminalizado y, mucho más, sus acciones reivindicativas.